Mira a tu alrededor. Esto que ves — las boutiques, los árboles perfectamente podados, la gente que camina como si tuviera algún lugar importante a donde ir — todo esto, hace menos de cien años, era un campo de alfalfa.
Bienvenido a Polanco. Te voy a contar cómo se hizo el milagro.
Empecemos por el nombre, porque ahí ya hay una historia buena. Polanco se llama así por un río. El Río Polanco, que corría exactamente donde hoy está la avenida Campos Elíseos. Ya no existe — está entubado, vivo pero invisible, corriendo bajo el asfalto que pisas. Y ese río llevaba el nombre de un jesuita español del siglo XVI: Juan Alfonso de Polanco, secretario personal de Ignacio de Loyola. Sus descendientes llegaron a la Nueva España como funcionarios de la Corona y tenían propiedades por aquí.
Un río que ya no se ve, que le debe el nombre a un jesuita que murió en 1576. Y sobre eso construimos uno de los barrios más elegantes del continente. México es así.
Ahora el chisme bueno.
Estas tierras fueron encomienda de Isabel de Moctezuma — hija del tlatoani, nada menos. Cuando cayó Tenochtitlán, Hernán Cortés la casó con un español y le concedió estas tierras como dote. Así de simple y así de brutal era la Conquista. Sobre ese mismo suelo se construyó en 1647 la Hacienda San Juan de los Morales, que le dio su primer nombre a toda la zona.
Y esa hacienda tuvo su propio momento estelar en la historia. En septiembre de 1821 — el mes de la Independencia — Agustín de Iturbide y el último Virrey de España se sentaron a desayunar en ese casco para negociar la retirada de las tropas españolas. La Independencia de México, en parte, se cocinó aquí. Literalmente, en estas tierras. El casco de esa hacienda todavía existe, a unos minutos de donde estás. Hoy es un restaurante.
A finales de los años treinta, una empresa compró los terrenos de la hacienda y diseñó algo que México no había visto: un barrio con la filosofía de "ciudad jardín". Calles anchas, camellones arbolados, jardines obligatorios al frente de cada casa. Y para los nombres de las calles, eligieron a los grandes del pensamiento universal — Homero, Horacio, Aristóteles, Molière, Schiller. Era una declaración de intenciones: este barrio miraba al mundo.
La avenida principal se llamó primero Salomón, después Calzada de los Morales. Lázaro Cárdenas la rebautizó como Presidente Masaryk, en honor al primer presidente de Checoslovaquia. En la glorieta al final de la avenida hay una estatua suya — réplica exacta de la que está frente al Castillo de Praga. Un demócrata checo, en el corazón de la calle más cara de México. El mundo efectivamente es pequeño.
Y sí: la más cara de México. Según Cushman & Wakefield, rentar un local de cincuenta metros cuadrados en Masaryk cuesta más de un millón de pesos al año. Louis Vuitton, Chanel, Cartier, Hermès. Pero también, si vienes con las ganas sin el presupuesto, están el Pabellón Polanco, Plaza Molière y uno de los Liverpool más completos de la ciudad. Polanco tiene ese talento raro de ser generoso con todos, siempre y cuando "todos" tenga algo que gastar.
Polanco creció en la misma década en que el mundo se derrumbaba. La Guerra Civil Española terminó en 1939, y México abrió los brazos: entre veinte y veinticinco mil republicanos llegaron al país — filósofos, arquitectos, poetas, médicos. Al mismo tiempo, comunidades judías que escapaban de Europa encontraron aquí un lugar donde construir sinagogas y escuelas. Llegaron también familias libanesas, alemanas, francesas.
El resultado fue un barrio cosmopolita de verdad, donde el café de los exiliados españoles convivía con la sinagoga ashkenazí y la mesa libanesa. Esa mezcla sigue viva, aunque hoy cueste un poco más de trabajo verla entre tanta boutique de lujo.
Antes de que sigas caminando, un secreto que casi nadie nota.
En el Pasaje Polanco, entre Oscar Wilde y Julio Verne, hay un patio interior con un reloj solar. Lo diseñó el arquitecto Francisco Serrano en 1938, cuando inauguró este pasaje como la primera zona comercial moderna de la colonia. Está ahí, en medio del patio, marcando el tiempo con una elegancia tranquila que ya quisieran los relojes suizos de las tiendas de enfrente. Búscalo. Vale la pena entrar.
Y ya que estás aquí, camina por el camellón de la avenida Horacio — esos árboles enormes no son decorado, tienen décadas de historia encima. Date una vuelta por Masaryk, aunque sea para asomarte a los aparadores y calcular cuántos sueldos cuesta cada bolsa. Y no te vayas sin pasar por el Parque Lincoln: aviario, espejos de agua, estatuas de Abraham Lincoln y Martin Luther King en el mismo jardín, y los chilangos paseando a sus perros como si nada. Eso, en el fondo, es lo más Polanco de todo.
