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CÁPSULA

Palacio Postal · MUNAL

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Estás parado frente a uno de los edificios más extraordinarios del Centro Histórico. La calle de Tacuba se abre hacia el este, y en esta esquina —donde el Eje Central cruza y el Palacio de Bellas Artes te saluda desde enfrente— comienza un recorrido por tres palacios que guardan, entre sus piedras, siglos enteros de historia mexicana.

El que tienes frente a ti es el Palacio Postal. Dorado, dramático, cubierto de gárgolas y dragones de bronce, coronado por una crestería que parece salida de un cuento medieval. Desde afuera ya es imponente, pero nada te prepara para lo que ocurre cuando cruzas esas puertas.

Entra. Para. Levanta la vista.

Sobre tu cabeza, un domo de cristal emplomado deja caer la luz del día sobre un espacio de mármol, bronce y columnas que parecen talladas a mano —porque lo fueron. Este edificio nació para ser el corazón del correo mexicano, en un momento en que una carta era el único puente entre personas separadas por kilómetros y silencio. Los carteros que trabajaron bajo este domo lo sabían: lo que cruzaba por sus manos importaba.

Las escaleras de mármol que subes tienen barandales de bronce que alguien en Florencia forjó pensando en México. Camina despacio. Mira los escudos de las naciones que decoran el tercer piso. Y antes de salir, recuerda esto: el Palacio Postal sigue siendo una oficina de correos activa. Todavía puedes mandar una carta desde el mismo mostrador de bronce de siempre —y lo que salga de tus manos cruzará el mundo desde un palacio.

Sal. Camina hacia el este por Tacuba. En pocos minutos llegarás a la Plaza Manuel Tolsá, donde un caballero de bronce sobre su caballo te espera desde hace más de dos siglos. Es Carlos IV de España, y lleva tanto tiempo ahí que los capitalinos simplemente le dicen El Caballito. La plaza que preside lleva el nombre del escultor. El edificio que la cierra por el norte es el Museo Nacional de Arte: el MUNAL.

Entra. Este edificio fue antes un palacio de gobierno y, antes de eso, un hospital donde se atendieron los enfermos de la ciudad. Nada de eso es visible hoy. Lo que verás es una de las colecciones de arte más importantes de América Latina: cinco siglos de pintura, escultura, grabado y fotografía mexicana, organizados como un viaje en el tiempo.

Sube por la escalera helicoidal. Pasa por las salas virreinales, donde la fe barroca se derrama en lienzos de gran formato. Llega al siglo XIX y detente ante los paisajes de José María Velasco: el Valle de México pintado con una precisión y una emoción que hacen doler el pecho. Sigue hasta las salas del siglo XX, donde Rivera, Siqueiros, Orozco y Saturnino Herrán te recuerdan que el arte también puede ser urgente, político, necesario. El edificio mismo es parte de la colección: sus techos artesanados, su herrería de bronce, sus quimeras de hierro en las escaleras. Sal con calma.

Regresa hacia el oeste por Tacuba, tuerce al sur por cualquiera de las calles que bajan hacia la Avenida Madero y camina unos pasos hacia el este. En algún momento verás algo que te detendrá en seco: una fachada entera cubierta de azulejos azules, blancos y amarillos. Miles de ellos. Hechos a mano en Puebla y colocados uno por uno para demostrar que un hijo pródigo podía, sí, hacer casa de azulejos.

Esta es la Casa de los Azulejos, el palacio más democrático de la Ciudad de México. Entra. No tienes que pagar nada. El patio interior —rodeado de columnas, cubierto por un techo de vitrales que filtra la luz de una manera que parece premeditada— fue el corazón social de una de las familias más poderosas del Virreinato. Hoy es el Sanborns más famoso del mundo. Sube la escalera principal y detente ante el mural de José Clemente Orozco: tres figuras monumentales que hablan de voluntad, virtud y el eterno misterio de existir. Justo encima, en cantera tallada, sobrevive el único escudo heráldico que los Condes no pudieron borrar cuando cayó el Imperio.

En este palacio desayunaron los zapatistas. Aquí se reunieron escritores, periodistas, presidentes y poetas. Y hoy puedes venir a tomar un café mientras la historia te mira desde las paredes.