Murmullos México
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CÁPSULA

Bellas Artes y Alameda

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Bienvenido a la Alameda Central, un jardín que guarda mucho más de lo que muestra a simple vista. Mientras camina bajo la sombra de estos fresnos, sepa que pisa un suelo donde se han encimado épocas y contrastes profundos. En 1592, nació como un club exclusivo para la élite novohispana donde indígenas y "plebe" tenían prohibida la entrada; pero más oscuro aún es que, antes del siglo XVIII, el extremo poniente de este parque albergaba el "Quemadero de la Inquisición". Hoy, el espacio donde las familias ríen es el mismo donde alguna vez ardieron las hogueras de la Santa Fe. El tiempo, afortunadamente, ha transformado este antiguo sitio de exclusión en el jardín más democrático y entrañable de la ciudad.

Note el nombre del parque: la Alameda. Es una ironía botánica. Originalmente se plantaron álamos, pero el suelo arcilloso y pantanoso del antiguo lago de Texcoco no los perdonó y murieron al poco tiempo. Fueron reemplazados por fresnos, pero el nombre sobrevivió al árbol que lo inspiró. Imagine que en 1821, para celebrar la entrada del Ejército Trigarante, la fuente central que hoy ve tan tranquila no brotaba agua, sino sangría. Los soldados y el pueblo bebieron directamente de las fuentes, una escena de embriaguez festiva que se repitió décadas después para celebrar los triunfos de Santa Anna.

Frente a este jardín se alza el Palacio de Bellas Artes, un coloso de mármol de Carrara que parece flotar, aunque la realidad es más dramática. El edificio es tan pesado que el fango del antiguo lago lo reclama centímetro a centímetro; desde su construcción, el palacio se ha hundido varios metros, creando una inclinación que es, a la vez, una herida y un recordatorio de nuestra naturaleza lacustre. Su exterior Art Nouveau tardó treinta años en terminarse debido a la Revolución, ocultando un interior Art Deco que custodia la cortina de cristal Tiffany más impresionante del mundo: un mosaico de un millón de piezas que retrata a nuestros volcanes guardianes.

No se puede entender este parque sin el trazo de Diego Rivera. En el extremo sur, el mural "Sueño de una tarde dominical en la Alameda" descansa hoy en su propio museo tras un rescate milagroso. Originalmente decoraba el Hotel del Prado, pero tras el terremoto de 1985 que redujo el hotel a escombros, la obra de setenta metros cuadrados fue rescatada quirúrgicamente de entre las ruinas. Es un sobreviviente que se negó a desaparecer, permitiéndonos ver hoy a la Catrina paseando por estos mismos senderos que usted recorre, uniendo en un solo muro cuatro siglos de la memoria viva de México.

Finalmente, alce la vista hacia el sur para encontrar la Torre Latinoamericana. Inaugurada en 1956, fue el rascacielos más alto de la región y un hito mundial de ingeniería al ser el primero en desafiar con éxito la fragilidad de este suelo pantanoso. Es el faro de cristal que vigila este tejido de piedra, metal y recuerdos. Deténgase un momento frente a las fuentes de bronce y deje que el murmullo del agua borre el ruido del tráfico. En este rincón, el lujo no es solo lo que se ve, sino la paz que hemos conquistado tras siglos de historia.