Hay lugares que guardan siglos sin que se note. Este es uno de ellos. Los árboles que tiene frente a usted llevan quinientos años en este mismo suelo. Estaban aquí cuando Cortés entró a Tenochtitlán, cuando llegaron los virreyes, cuando se peleó la Independencia. Se llaman ahuehuetes —en náhuatl, viejos del agua— y son los seres vivos más longevos de esta ciudad. Este jardín, en su origen, fue el laboratorio botánico de Moctezuma II: sus médicos estudiaban aquí las plantas, clasificaban sus propiedades y curaban a los nobles de su corte. La Conquista destruyó casi todo. Esto sobrevivió. Los invitamos a entrar al Jardín Botánico.
A unos pasos sobre esta misma acera está el Museo de Arte Moderno —dos cuerpos circulares de vidrio y aluminio que en ciertos momentos del día desaparecen reflejando el bosque. Lo diseñó Pedro Ramírez Vázquez, el mismo arquitecto del edificio que verá al final de este recorrido, pero con una filosofía completamente opuesta: sin referencias al pasado, pura transparencia y luz. Adentro vive la historia del arte mexicano moderno. Están los muralistas, están las surrealistas europeas que encontraron en México su mundo. Está Manuel Álvarez Bravo, el fotógrafo que cambió la manera de mirar este país: sus imágenes de la vida cotidiana, la muerte y la luz de México, tomadas desde los años treinta, siguen siendo de una precisión que no envejece. Y está Las dos Fridas de Frida Kahlo, quizás el cuadro más íntimo y más poderoso que produjo. Los invitamos a visitar el Museo de Arte Moderno.
Cruce Reforma. El edificio que tiene enfrente parece brotar de la tierra —sus arquitectos diseñaron taludes de vegetación para que así fuera. Es el Museo Tamayo, que guarda la colección que Rufino Tamayo reunió durante décadas y donó al pueblo de México: Picasso, Miró, Dalí, Warhol, Rothko, todo bajo el mismo techo, sin jerarquías. Tamayo fue en su tiempo un personaje incómodo. Contemporáneo de los grandes muralistas pero ajeno a su ideología. Lo criticaron durante años. Después el tiempo hizo lo que suele hacer. Los invitamos a visitar el Museo Tamayo.
Siga sobre esta acera hacia su izquierda. La explanada que se abre ante usted es el destino final de este recorrido. Camine hacia la derecha por el exterior del edificio antes de entrar. A unos pasos, casi a la vuelta, encontrará algo que desde aquí no se ve: un monolito de ciento sesenta y siete toneladas. Es Tláloc, dios de la lluvia. Vivió siglos en el lecho de un arroyo a treinta kilómetros de aquí. Cuando en 1964 el gobierno fue a buscarlo, el pueblo se resistió con piedras y machetes. El Ejército tuvo que intervenir. El día que Tláloc entró a la ciudad, cayó sobre ella una lluvia torrencial que nadie había pronosticado.
El edificio lo diseñó el mismo Ramírez Vázquez con una obsesión muy concreta: que nadie se viera obligado a seguir un camino fijo. En el patio central hay una columna única en el mundo que sostiene un techo enorme sobre el vacío. A sus pies, un estanque —homenaje al lago sobre el que se fundó Tenochtitlán. Este suelo que está pisando fue fondo de ese lago. Si entra, busque la Sala Mexica y deténgase frente a la Piedra del Sol. Es un disco de basalto de veinticuatro toneladas que los mexicas tallaron hacia 1512 para representar su visión del cosmos y del tiempo. Después de la Conquista lo enterraron para protegerlo. En 1790 reapareció durante unas obras en el Zócalo. Durante décadas estuvo pegado al muro de la Catedral Metropolitana —y los soldados de las invasiones extranjeras lo usaban de tiro al blanco. Hoy preside la sala más importante del museo. Y si sube al primer piso, no se pierda la colección de trajes regionales: un México completo desplegado en un solo corredor. Los invitamos a visitar el Museo Nacional de Antropología.
