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CÁPSULA

Reforma · Zona Rosa

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Hay un lugar en esta ciudad donde la historia no está en un museo, está en la calle. Parado — o imaginándote parado — frente al Ángel de la Independencia, tienes ante ti una de las escenas más cargadas de México: una diosa griega de siete toneladas coronando una columna de 36 metros, un boulevard que nació de un chisme de alcoba imperial, y a tus espaldas un barrio que se reinventó tres veces y todavía no termina de decidir quién es.

Empecemos por ella. Porque lo primero que hay que saber es que el Ángel no es un ángel. Nunca lo fue. Es Niké, la diosa griega de la victoria — la misma que inspiró la célebre escultura de Samotracia que hoy está en el Louvre. En la mano derecha lleva una corona de laurel para los héroes; en la izquierda, una cadena rota de tres eslabones — uno por cada siglo de dominio español. La diseñó y fundió el artista franco-italiano Enrique Alciati, y fue el arquitecto Antonio Rivas Mercado quien dirigió toda la obra. Porfirio Díaz la inauguró el 16 de septiembre de 1910, en plenas fiestas del Centenario de la Independencia.

Dentro de la columna descansan los restos de catorce héroes de la Independencia: Hidalgo, Morelos, Allende, Leona Vicario — la única mujer — y hasta un oficial español que se pasó al bando rebelde, Francisco Javier Mina. Y junto a la puerta de entrada, casi de colado, la estatua de un irlandés al que la Inquisición quemó vivo en 1659 por atreverse a proclamarse Rey de México: Guillén de Lampart. Un personaje tan inverosímil que parece sacado de una novela.

Un dato que la ciudad lleva escrito en sus cimientos: el suelo de CDMX se hunde, y el Ángel lo demuestra. Originalmente tenía nueve escalones en su base. Con los años, el hundimiento fue dejando expuestos los pilotes y hubo que añadir catorce más para ocultarlos. Ese cambio de textura que notas en la base no es un error — es la memoria viva de una ciudad construida sobre un lago.

Antes de alejarte, voltea hacia Chapultepec. A unos pasos está la que el pueblo bautizó como Diana Cazadora, aunque su nombre verdadero es La Flechadora de las Estrellas del Norte. La inauguró Manuel Ávila Camacho en 1942 y la modelo fue una joven de 16 años, secretaria de Pemex, que posó sin cobrar un peso a cambio de que nadie supiera jamás que era ella. Guardó el secreto cincuenta años — hasta que en 1992 publicó un libro y lo contó todo. El chisme más largo de Reforma. La llamada Liga de la Decencia presionó hasta conseguir que el escultor le colocara un calzoncillo de bronce. Él lo fijó con apenas tres puntos de soldadura, esperando mejores tiempos. Al retirarlo años después dañaron la escultura original — la que hoy ves es la segunda fundición, hecha del mismo molde.

Ahora mira hacia los dos extremos del boulevard. El Paseo de la Reforma nació en 1864 como capricho imperial. Maximiliano de Habsburgo necesitaba conectar el Palacio Nacional con su residencia en el Castillo de Chapultepec — y según la leyenda más jugosa, al emperador tampoco le convenía que Carlota supiera exactamente dónde había estado. Mandó trazar una calzada recta calcada de los Campos Elíseos de París y la llamó Paseo de la Emperatriz, en honor a ella. Cuando cayó el Imperio, Juárez rebautizó la avenida como Paseo de la Reforma — por las Leyes de Reforma. La ideología cambia, la traza permanece.

Los liberales del siglo XIX tenían una idea muy clara: esta avenida sería un libro abierto de historia nacional. Héroes prehispánicos, figuras de la Independencia, próceres de la Reforma. Una narrativa de nación contada en bronce y piedra. Y sobre ese mismo boulevard, en los años 2000, se levantaron las torres corporativas que hoy definen el horizonte: Torre Mayor, Torre BBVA, Torre Reforma. El mismo trazo imperial convertido en el skyline financiero más reconocible del país. La Bolsa Mexicana de Valores ya estaba ahí, desde antes que las torres llegaran.

Gírate ahora hacia la Zona Rosa. Este barrio que hoy ves lleno de vida, banderas y restaurantes fue durante el Porfiriato la colonia más exclusiva de la ciudad. Sus calles llevan nombres de ciudades europeas — Hamburgo, Londres, Génova, Niza — una Europa de papel en el altiplano mexicano. En los años cincuenta, cuando las familias ricas migraron a Polanco y Lomas, las mansiones quedaron vacías. Y en ese vacío entró otra cosa: cafés, galerías, librerías. Artistas de la talla de Frida Kahlo expusieron aquí. El poeta ucraniano Jacobo Glantz servía pasteles y exhibía pintura de vanguardia en su cafetería El Carmel. Y el pintor José Luis Cuevas colgó en las paredes sus imágenes más provocadoras — en palabras de todos, lo que ahí pasaba era demasiado rojo para llamarlo blanco y demasiado atrevido para llamarlo inocente. En promedio: rosa. Así nació el nombre.

No te pierdas la calle Génova, el Hotel Genève — abierto desde 1907 y todavía en pie — y si tienes oportunidad, los fines de semana el Ángel abre sus doscientos escalones al público por las mañanas. La vista desde arriba vale cada uno de ellos.